Después de insistir varias veces, entraron tirando la puerta abajo. La madre del muchacho iba con ellos.
El piso estaba completamente dejado; en una pared una tele apagada, enfrente algo que en su día merecía la calificación de ‘sofá‘. En medio una mesita alargada y llena de cajas de comida rápida, un par de ceniceros completamente desbordados por las colillas y algunas latas de cerveza. En la esquina derecha más cercana al sofá había una botella de cava.
El suelo estaba asquerosamente pegajoso. Ahí nadie limpiaba desde hacía décadas.
No salió ningún chaval a ver qué pasaba, nadie vino ante el ruido de varios hombres entrando por la fuerza en el piso. La madre se adelantó a todos y entró en el cuarto del que suponían que era su hijo. Un grito lo confirmó.
La encontraron sentada en el suelo abrazando el cuerpo inerte del que hace varios años debió ser su ‘niño pequeño’, su ‘bebé’. Ahora el bebé pesaba alrededor de ochenta quilos y tenía una caja de pastillas en una mano y una copa sobre la cama se delataba como la compañera de sus otros cinco dedos.
En la cama había un pequeño escrito, llevaba por título INSOMNIO, unas últimas palabras:
"Las 04:00 de la madrugada. Llevo desde las 00:45 dando vueltas en la cama, es como cualquier otra noche: no puedo dormir. Ir a cenar con mis amigos ha sido muy agradable, pero no basta con una botella de vino a repartir entre cuatro para que el alcohol me lleve al feliz mundo de los sueños.
Dicen que la ignorancia es la felicidad. Yo nunca recuerdo mis sueños, nunca sé qué he soñado. Supongo que, en mi caso, este mundo de los sueños debe ser la felicidad.
Me levanto, enciendo un cigarro y pongo la radio. No enciendo la luz. Me gusta fumar a oscuras, aunque nunca he sabido el porqué.
Parece ser que he pillado la hora de la ‘música para los corazones inquietos’, no hay nada como oír canciones románticas cuando estás solo en casa, sin poder dormir e intentando no pensar en según qué cosas; pero no cambio de emisora: en el fondo me gusta machacarme.
Al poco rato me descubro a mi mismo mirando el cajón superior de un pequeño armario de mimbre que tengo al lado de la cama. Sé por qué lo estoy mirando. Lo sé muy bien. Entre otras cosas porque soy muy consciente de que no debería mirarlo. Ahí está mi ‘pastilla azul’, ahí está la cura al insomnio de esta noche. Pero no es para mí y lo sé. No debo hacerlo.
Algunos lo llaman sedantes o antidepresivos. Otros son más delicados y dicen que son ‘pastillas para dormir’. A mi me gusta llamarlas ‘puertas traseras’. Porque eso es lo que son: puertas traseras para llegar al sueño, para dormir, para soñar, para descansar, para evadirse de este mundo aunque solo sean unas horas. Pero no son para mí. No debo hacerlo.
Una vez más lo aparto todo de mi mente con un brusco manotazo. No dejo espacio alguno para nada más que no sea la razón. Y empiezo a pensar.
Por lo poco que sé, y según tengo entendido, durante la noche, mientras uno duerme, surge el Id manifestándose en sueños, mostrándonos con imágenes su mensaje; con imágenes porque está tan reprimido que no osa decírnoslo con palabras. Mis conocimientos sobre esto son muy limitados, tan limitados como lo pueden ser los de cualquier chaval que ha estudiado a Freud en clase de filosofía sin prestar la adecuada atención.
Cada vez que recuerdo a Freud, Nietzsche o Marx, me viene a la mente eso de ‘los filósofos de la sospecha’. La verdad que me encanta como suena.
Y entonces me viene una idea a la cabeza, una idea que no me gusta nada: ¿Será el insomnio otra manifestación del Id? ¿Será que está tan reprimido que no quiere ni tan solo tener que manifestarse?
Quizá mañana busque algo sobre esto en Internet. Ahora debo dormir. Cierro el cajón y dejo las pastillas dentro. No son para mí.
Esta noche no.”
Guti — 26-08-2005 17:32:05
ulldelcapix — 26-08-2005 19:09:48
ulldelcapix — 26-08-2005 19:26:45